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¿Puede la tecnología enfermar a una persona? Sí, sería la respuesta más directa, aunque quizá la más acertada sea: depende de la tecnología. Una exposición prolongada a rayos X puede ser letal. Marie Curie estaría de acuerdo con esto. ¿Y qué pasa con el uso prolongado, durante toda una vida, por ejemplo?

La comunidad científica no termina de emitir un veredicto final sobre los efectos en la salud humana derivados de los campos eléctricos y electromagnéticos, principalmente los que provienen de dispositivos electrónicos o infraestructura de comunicaciones.

Desde 1996, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emprendió una iniciativa global de investigación para examinar qué riesgos puede haber por la exposición prolongada a campos electromagnéticos de baja intensidad, como la mayoría de los que encontramos en la vida diaria. La revisión de cerca de 25.000 artículos científicos, publicados durante 30 años, llevó a la organización a afirmar que no hay evidencia para vincular estas emisiones con peligros para la salud.

Pero, en el mismo documento, la OMS hace una salvedad acerca de las brechas de conocimiento que aún hay sobre los efectos biológicos que una exposición prolongada a las emisiones del campo electromagnético pueden tener y es necesaria más investigación. Esta es una salvedad que también existe en otros estudios, como en Interphone, una investigación que en 2010 no encontró vínculos entre la formación de dos tipos de tumores cerebrales y el uso continuo de celulares, pero que también explica que hace falta más investigación para determinar los posibles efectos derivados del uso de teléfonos móviles.

Tecnologías que enferman (sello editorial Grijalbo) es un reciente libro que explora justamente los efectos que la llamada contaminación electromagnética puede tener en una persona: desde afectaciones nerviosas hasta alteraciones del sueño, pasando por una lista considerable de posibles efectos. El texto se apoya mayoritariamente en las investigaciones y observaciones propias de los autores, Rafael Hernández Moscoso y Juan Adrián Karca.

“La evidencia científica sobre el tema no es definitiva, pero lo que podemos decir es que hay gente más sensible a estas energías y que en personas así las afectaciones son visibles”, cuenta Karca, quien en el libro escribe: “Mientras le hacía la última revisión al libro un día de noviembre de 2015, después de casi ocho meses de consultar médicos buscando la causa de lo que me puso muy enfermo a comienzos del año, con un par de sangrados de orina al principio y mareos y dolores raros (…) supe que el problema era la presencia de metales en mi boca, que causan un efecto galvánico de corrientes eléctricas que afectan el cerebro, en conjunción con la contaminación electromagnética invisible que me rodeaba”.

Uno de los puntos interesantes del libro es que no intenta proponer una suerte de regresión tecnológica, a pesar de tener una posición clara sobre los efectos que, según el texto, tienen estas emisiones sobre el cuerpo humano. “Nadie está hablando de devolvernos a la caverna. Pero sí de entender que somos, en esencia, seres de energía y estas nuevas energías artificiales, que emanan de artefactos hechos por el hombre, tienen una incidencia en las personas. Hay que tener una conciencia sobre esto”, aclara Karca.

Parte del texto explica una serie de medidas y dispositivos tecnológicos hechos para contrarrestar la misma tecnología: placas que evitan la dispersión de señales wifi o que minimizan el impacto del celular en un usuario.

Este es un segmento de mercado particularmente llamativo, pues incluye desde interruptores que cortan la corriente para un sector de la casa (y así evitar interrupciones del sueño, entre otras cosas), pasando por ropa para evitar el campo electromagnético. De nuevo, sus beneficios podrían ser nulos o vitales, dependiendo un poco de la persona a la que se le pregunte o de las situaciones personales de cada usuario.

Una parte tangible de este pulso, entre adoptar tecnología o restringirla, es el conflicto en el que han entrado operadores de comunicaciones móviles y gobiernos locales de Colombia por el desmonte de antenas de comunicación, citando los efectos nocivos que éstas podrían tener sobre la población. Efectos que, de nuevo, en niveles bajos aún no están del todo comprobados ni descartados.

Los beneficios del avance tecnológico son un asunto tangible. Puede que no haya mayor discusión sobre este punto. Pero en un mundo crecientemente interconectado y con una proliferación mayor de energía eléctrica y electromagnética, no es de extrañar que emerja una preocupación, acaso global, por los efectos de tanto aparato transmitiendo electricidad e información a través del cuerpo humano.

Por: Mario Portacio